El cementerio de Montaña Alta se convierte por una tarde en una especie de mirador de la muerte. Desde esa atalaya tétrica se divisa el incendio que amenaza un ecosistema que mezcla vegetación centenaria con especies introducidas durante el último siglo. La gama cromática pasa del verde al negro a gran velocidad ante el pasmo de los lugareños. El fuego se ve, se huele. Y hace ruido en un espacio habitualmente silencioso: el crepitar de los árboles causa un estruendo arrollador. “Parece que va lento, pero se come la montaña entera”, acierta a resumir Paca Déniz. Con las maletas en el coche, acaba de abandonar su casa: en el cementerio, a apenas medio kilómetro, observa petrificada cómo el fuego se va acercando a su vivienda. El incendio, el más grave en España desde 2013, ha quemado ya más de 10.000 hectáreas y ha obligado a desalojar a 9.000 personas.Seguir leyendo.
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