Hace ocho años compartía piso con dos amigos de energía torrencial. De vez en cuando, se producían en nuestra cocina fiestas improvisadas que incluían bailes, gritos, charla desenfrenada y bingo, todo ello bañado por ese furor casi vandálico de los últimos años de la veintena. Un día, una voz indignada atronó por el patio interior: “¡Voy a llamar a la policía!”. Era aquel un patio inmenso: las traseras de seis edificios de hasta diez pisos, con cuatro viviendas por planta, una colmena inabarcable de cientos de ventanitas anónimas apagándose y encendiéndose. Víctor, sin dejar la copa, sin parar de bailar, profirió una carcajada estruendosa, asomó la cabeza por la ventana y lanzó un grito triunfal: “¡Pero si no sabes dónde estamos!”. Mi risa quedó cortada a la mitad por una extraña sensación de desamparo: el vértigo de vivir en un sitio tan grande que uno puede sentir voces que no sabe de dónde vienen, ni hacia dónde apuntar exactamente el dedo acusador. Me aterrorizó la inmensidad del mundo en el que vivía, en una ciudad de adopción que aún me quedaba grande. Eran aquellos años de actividad moderada en redes —muchos aún circulábamos por la vida con móviles sin Internet y aún no fotografiábamos todo lo que vivíamos (si alguien nos hubiese dicho que, años después, haríamos documentales fragmentarios diarios de nuestras vidas, habríamos dicho que vaya chorrada producir webseries sin cobrar)—.Seguir leyendo.
Via: El silbato
Categories: Spanish News