Se dice, se escribe: quien no saca la bandera española al balcón es un acomplejado. Camino lleva de convertirse esta consideración en lugar común. Acomplejada. Honestamente, no me veo. Para quien es hija de madre aragonesa/valenciana (Ademuz es un enclave) y de andaluz, para quien nació en Cádiz y conserva nostalgia escolar de Palma, para quien estudió en un instituto del Retiro, sacó sus oposiciones de locutora en Málaga, y siguió mudándose de manera insensata de la periferia al centro de Madrid y viceversa, para alguien con raíces tan diversas, ¿cuál ha sido la respuesta obvia a quien preguntaba en Nueva York, y tú, de dónde eres? Desacomplejadamente, respondía que española porque es lo que soy. Jamás dudé de que al otro lado del océano estaba mi sanidad, el punto del mapa donde pago mis impuestos, pero sobre todo el lugar donde sitúo mis recuerdos, la tierra donde reposan mis padres y las calles en las que se afanan a diario mis seres queridos. Incluyo algo esencial: la patria más chica de quien escribe es su sintaxis, ese particular orden íntimo aprendido desde la infancia que nos proporciona una voz singular. ¿Complejo? Ninguno. Pero tampoco orgullo. De la misma manera que siempre me ha irritado esa cansina descripción derrotista de mi país en la que encuentro más pose que sinceridad, me inquietan las declaraciones exacerbadas de orgullo colectivo. Y vaya, parece que no hay manera de escapar de ellas. Seamos claros, tildar de acomplejados a los que no se envuelven en la bandera o no le dan más sentido a una fiesta que el de tener un día de descanso es para algunos opinadores que leo/escucho un eufemismo de ser antipatriota, y me deja atónita que quienes tanto critican la comprensible angustia que provoca una sociedad en permanente despliegue de sus símbolos identitarios vean razonable contestar con un órdago de la misma índole.Seguir leyendo.
Via: El orgullo desatado
Categories: Spanish News