La palabra clásico es una de las manoseadas en la historia del pop. Clásico puede ser un disco que hizo historia, que resistió el paso del tiempo, referente en su momento y para las generaciones posteriores. Pero clásico, desde que el pop se descargó de la obligación del progreso constante allá por los años noventa, también se ha convertido en un eufemismo para decir retro. Clásico es un disco nuevo que suena a viejo. También están los clásicos instantáneos, que es la forma con la que se habla de discos concretos que tocan teclas concretas en momentos concretos. Todo en ellos funciona, al menos, cuando aparecen. Y finalmente, está el disco con vocación de clásico, que no es otro que el que se acomete con toda la ambición de trascender. Es el resultado de un peligroso trabajo de funambulismo para transitar por el pasado sin hacerse daño, hasta llegar al presente con suficiente fuerza y lucidez para propulsarse hacia el futuro. Esto es exactamente este soberbio Norman Fucking Rockwell.Seguir leyendo.
Via: Lana del Rey, el crepúsculo y la diosa

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