Llevo mucho tiempo guardando silencio, demasiado. Y ha llegado el momento de contarlo todo. Me lo debo a mí misma, pues sé que mi final se acerca, y se lo debo, sobre todo, a Rosalind. Han pasado casi cincuenta años y mi pobre hija sigue preguntándose qué pasó, qué me sucedió… Cada vez que ella intentaba recordar aquellos once días de su infancia, tratando de arrojar luz sobre un misterio que yo misma inventé, le respondía con evasivas y me refugiaba en el olvido, con la esperanza de que, más pronto que tarde, no hiciera falta simular la amnesia. Pero la memoria es caprichosa: es posible que a mis 85 años no sepa lo que desayuné ayer, pero sigo acordándome de todos los calculados pasos que di entre el 4 y el 15 de diciembre de 1926. Y aunque Rosalind dejó hace tiempo de interrogarme, quizás porque, finalmente, ha optado por vivir sin saber, que a veces es el mejor modo de vida, aquí estoy, una vez más, sentada ante mi Remington y tecleando para contar una historia que fue real, aunque parezca inventada. Yo sabía que Archibald tenía una amante. Hacía meses que le notaba distante, aunque él había intentado suavizar su frío carácter por miedo a ser descubierto. Incluso le dio por traerme flores, bombones o lo que más a mano tuviera de sus continuos viajes a Londres. Aquellos agasajos me hicieron sospechar y se lo comenté a Carlo, mi secretaria, que le quitó hierro al asunto. Pero yo, que vivía tan pendiente de mi propia ficción que a veces me olvidaba de vivir, le imaginé protagonizando una de las tramas amorosas que salían de mi mente, y me aterroricé. Dejé pasar unos días, en los que incluso renuncié a escribir para ver si mis sospechas eran fruto de un equivocado arrebato creativo, pero la ansiedad fue en aumento. Y, entonces, llegó aquella carta. Carta sin remite Iba dirigida a él, Coronel Archibald Christie, pero carecía de remite. Nada más ver el sobre, recorrido por una estilizada letra, en tinta azul, no tuve dudas: era ella. Lo abrí enseguida, ante la aprobadora mirada de Carlo. Se llamaba Nancy Neele y en apenas unas líneas, además de confesarle que le amaba, le explicaba que el fin de semana siguiente no podrían verse, porque debía acompañar a su madre hasta Dartford para visitar a una moribunda tía lejana a la que esperaban persuadir para que dejara a su jovencísima sobrina su herencia. Se despedía con un beso y le rogaba que cumpliera su promesa. Al terminar de leerla, la arrojé a la chimenea y, sin perder la calma, empecé a urdir mi plan. Pensé en esperar a que pasaran las Navidades para evitarle ese último sufrimiento a Rosalind, pero cada vez me resultaba más difícil compartir lecho con Archibald. Hasta que, una noche, en duermevela, soñé que acudía a Arnold, el farmacéutico de Guildford, en busca de un veneno rápido e indoloro. No me veía capaz de aquello, pero tan macabra fantasía me sirvió para no retrasar más mi decisión. Se lo conté a Carlo y, aunque al principio titubeó -era de naturaleza temerosa-, accedió a ayudarme en todo y hasta el final, como siempre. Fue ella, de hecho, quien me sugirió que involucrara a Alfred y Emily. Vivían en Kent, lo suficientemente lejos para evitar las habladurías de Sunningdale, y nunca les había gustado Archibald, al que veían como un pretencioso con galones impostados. Esa misma semana, poniendo como excusa una visita que hacía meses les debía, me presenté en su mansión sin avisar. Alfred, abogado de vocación, que no de profesión -su familia era tan rica que no necesitaba trabajar para vivir como un conde, sin serlo-, valoró las implicaciones legales. A Emily le preocupaba Rosalind, lo que pudiera pasarle si algo salía mal. Pero nada podía torcerse, yo estaba segura, y les contagié mi convencimiento. Regresé a casa y aquella noche dormí de un tirón, pese a los ronquidos de Archibald. El viernes a primera hora, mi marido se marchó de casa. Me avisó de que regresaría tarde. Esta vez, no sé qué de unas tierras colindantes que quería comprar le demoraría en Londres. Le miré con fingida ternura y, en cuanto cerró la puerta, me senté en mi escritorio para redactar la carta en la que se lo explicaba todo. Carlo tenía instrucciones de entregársela sólo cuando mi hija estuviera, por fin, conmigo. A última hora de la tarde, tras haber metido a Rosalind en la cama explicándole que estaría fuera unos días, cogí mi maletín y una bolsa con algo de ropa y me fui. Leyendas Era ya noche cerrada cuando llegué a la Piscina Silenciosa. Recuerdo lo mucho que me reí cuando alguien, no recuerdo quién, me contó que tan peculiar nombre se debía a que, según la leyenda, no tenía fondo. Aquel paraje había inspirado, durante años, las más rocambolescas historias locales, y por eso quise que fuera escenario de la que me disponía a protagonizar. Allí me esperaban Alfred y Emily en su limusina rojo chillón. Dejamos varias prendas de ropa desparramadas por el interior de mi coche y también algunos papeles. Lo de la rueda pinchada fue un tanto azaroso, sobre todo porque no me di cuenta hasta que llegué al lugar acordado, pero sirvió para añadirle dramatismo al asunto. Mentiría si dijera que no me dolió dejar mi Morris Cowley abandonado al borde del lago, pero el pesar, fruto de mi humor antojadizo, desapareció en cuanto me metí en el maletero de la limusina. Hicimos noche en el hotel Lyon, a las afueras de Guildford. No fue difícil esquivar al recepcionista, que se quedó dormido poco después de registrar la entrada de Alfred y Emily. A la mañana siguiente, mientras ellos pagaban, yo me escabullí aprovechando el bullicio propio del desayuno. Me aseguré de que en el aparcamiento no hubiera nadie y volví al maletero. El tiempo era desapacible. Tras conducir una media hora, Alfred se desvió para que pudiera…
Via: Toda la verdad del único misterio que Agatha Christie protagonizó

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