Hay belleza en la destrucción. Tiene que ver con el civismo. Una pareja de ancianos —él en pantalón corto, ella en camisón— bajaron la noche del miércoles en zapatillas a empujar unos contenedores que unos radicales habían colocado en medio de la carretera, pegados a los coches y a los árboles, en una calle estrecha que podía convertirse en una ratonera infernal en caso de haber prendido. Lo hicieron con ayuda de otros chavales. No dijeron nada, no gritaron, no reprocharon. Se fueron calle abajo, hacia Roger de Llúria y volvieron a subirse para su casa.Seguir leyendo.
Via: La Barcelona que no hace ruido y al día siguiente sale a barrer

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