En agosto me convertí en migrante. Soy venezolana, periodista y ahora vivo en Chile. Todavía no asimilo mi nueva condición, he comenzado a reconstruirme en una tierra que no es la mía. Tenía una sensación agridulce porque estaba angustiada por no tener un empleo, enfrentarme a posibles prejuicios y hasta a un clima diferente. Pero también es un alivio estar lejos —al menos, físicamente— de los apagones, la hiperinflación, los robos y otras amenazas.Seguir leyendo.
Via: Por qué, al final, me he ido de Venezuela
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