Después de doce años recluida en un convento carmelita como monja de clausura, Delfina del Mar despertó súbitamente una madrugada, temblando de frío, con la inquietante certeza de que Dios no existía. Estoy perdiendo mi tiempo en este convento que parece una prisión, pensó. Estoy malgastando mi vida rezándole a un Dios que no me escucha, se dijo. Debo escapar de este convento, se atrevió a soñar. Debo ser libre, atea, feliz. Pero no era fácil escapar de ese convento perdido en los Andes. Delfina había hecho votos perpetuos, había jurado ser monja de clausura hasta el último de sus días. Apenas tenía treinta y cinco años. Se sentía atrapada, angustiada, prisionera. Tenía que huir. Tenía que ser libre. ¿Cómo escapar,… Ver Más
Via: La monja atea
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