La relación de amistad y alianza de EE UU e Israel ha sido extraordinariamente positiva para la supervivencia del Estado judío que nació de las cenizas morales de la II Guerra Mundial. Pero ningún inquilino de la Casa Blanca había decidido trasladar la Embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén (como acordó el Congreso en 1995) por las tensiones que causaría reconocer esta ciudad como capital de Israel, cuando alberga lugares sagrados no solo del judaísmo, sino también del islam y de distintas ramas del cristianismo. Y porque los palestinos aún reivindican su parte oriental como capital del Estado que reclaman, pese a que fuera ocupada en 1967, en la Guerra de los Seis Días. La comunidad internacional nunca asumió la soberanía israelí de ese territorio, aunque Rusia reconoció en enero la capitalidad israelí de Jerusalén.Seguir leyendo.
Via: Provocación innecesaria
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