A sus 29 años, Felipe Alcaraz ya ha sido soldado, lechero, inspector de urbanismo. Ha cosechado limones y tamarindos, ha construído casas. Ha tenido novias y sufrido penas. Y a ratos, también, ha sido feliz. Pero ahora, Felipe es un deportado, categoría total. Desde su expulsión a México hace semana y media, la negación define su existencia: no puede vivir en Estados Unidos, ni puede ir a la granja a trabajar, ni ver a su hermano, ni ahorrar dólares. No puede, en definitiva, seguir con su vida.Seguir leyendo.
Via: La era Trump, una cacería con menos deportados
Categories: Spanish News