«Mamá, ¿a ti qué bandera te gusta más la estelada o la española?, le pregunta a Lorena su hijo, que aún no ha cumplido seis años, bajo la sombra de la que preside el cuartel en el que viven en Solsona (Lérida). «La que a ti te guste, cariño, pero ya sabes que somos españoles», le responde su madre con el entusiasmo justo para satisfacer la curiosidad del niño. «Son muy pequeños, no tienen por qué entrar en ese discurso en el colegio», cuenta disgustada. Lorena es catalana -ahí nació y ahí vive- y está casada con Pedro, guardia civil y padre de sus dos hijos. Ni las banderas ni el secesionismo se sientan a la mesa de esta familia que volvió a la tierra de ella desde la de él (Canarias) para que sus padres les echaran una mano con los críos. «Presume de su papá» La menor tiene dos años y su mayor interés se concentra en las andanzas de Peppa Pig, pero el de cinco ya entra machaconamente en la competición de banderas a fuerza de discurso aprendido. El primer día de clase tras el referéndum ilegal -el lunes 2 de octubre del año pasado-lo sacaron al patio del colegio junto a sus compañeros de infantil (de tres a seis años) para contarles que la Policía había pegado a la gente. «Mi niño presume de que su papá es policía, para él es un orgullo y no quiero que nadie le arrebate su inocencia». Solsona ronda los 9.000 habitantes, está gobernado por ERC y en el pequeño cuartel solo viven cuatro familias: dos con hijos y dos sin. «No nos limpian ni la calle por orden del Ayuntamiento», cuenta Pedro Jesús Rodríguez, su marido, que nació en la isla de La Palma y mira a su alrededor con escepticismo y asombro. «En 50 kilómetros a la redonda del cuartel es la única bandera de España que se puede ver». Es el secretario general de la Asociación Unificada de Guardia Civil (AUGC) en Lérida y le asoma el carácter reinvidicativo. «Se han vuelto locos. Los pueblos pintados de amarillo, las carreteras, los plásticos por todas partes…» Describe una atmósfera asfixiante, de pueblo, de aislamiento, de tolerancia ejercida en una sola dirección. «Mi mujer catalana, de padres catalanes, no se siente integrada. ¿Alguien cree que eso es normal?». Hace tres años se difundió un cartel del Carnaval de Solsona con el reclamo «ven a matar a españoles» y la imagen de una mujer empuñando una pistola. Ese es el ambiente de partida. A la pregunta de si se ha sentido odiado, Pedro no lo duda. «Por algunos es evidente, que sí». «Los guardias civiles son unos animales, solo saben dar palos»; «parecen perros rabiosos»; «¿estarás contento con lo que hizo ayer tu padre?». Son tres de las expresiones con las que profesores de un instituto de Sant Andreu de la Barca (Barcelona) se dirigieron a hijos de guardias civiles tras el referéndum y que han acabado esta semana con la denuncia de la Fiscalía por un delito de incitación al odio. El hijo de Laura (nombre ficticio porque le preocupa que la señalen con el suyo) volvió del colegio y le soltó a su padre: «He visto vídeos en clase de tus compañeros pegando a la gente». El niño tiene siete años. Su padre, guardia civil en el puerto de Tarragona, le recordó que a él también le regañaba si no obedecía… «La directora del colegio es independentista. Tienen pancartas colgadas dentro del centro, pegatinas pidiendo la libertad de los políticos encarcelados, un muñeco vestido de amarillo…», enumera Laura, que oyó los gritos contra la Guardia Civil procedentes del patio mientras paseaba a su perro. «Soy catalana para mi desgracia a día de hoy, pero también soy española y no me respetan». Cuenta Laura, que atraviesa un momento vital complicado, que empiezan eliminándote en la red social Facebook y acaban sin dirigirte la palabra por la calle. «Eso son los indepes, los que el otro día le chillaron a mi hermana que dónde iba con esa mierda de pulsera (una de España). Yo no quiero explicarle a mi hijo cosas que no le corresponden por edad ni forman parte de nuestra vida, pero tengo miedo de que tomen represalias contra él por ser hijo de un guardia». Un cuartel en Solsona (Lérida) reclama la libertad de los exconsejeros catalanes en prisión – Inés Baucells Viven en un pueblo de Tarragona -«ni se te ocurra poner el nombre tampoco»-, advierte; un pueblo tomado por el amarillo, que se ha convertido en la llave para no ser un apestado y estar en el círculo en determinados ambientes. «Me dicen los profesores que le ponga TV3 para que vea los dibujos en catalán, pero esa es mi pequeña venganza», resume esta catalana cuya familia es de origen madrileño. Ella y su marido tomaron una decisión drástica: él ha pedido el traslado a Ceuta. No se lo han dado. Van a insistir y eso que el cambio le supone a Laura cambiar sus revisiones médicas oncológicas. «Ceuta, porque nos permite seguir manteniendo nuestra casa aquí, a ver si se calma el ambiente». El artículo 155 El cultivo de esta fractura social ha sido lento, macerado y no parece que el 155 esté enmendando plana alguna. «Mi hijo no me dijo nada, pero un amigo suyo llegó a casa con un papel muy bien doblado: “Mami, traigo una cosa muy importante aquí”. Era la estelada que la habían dibujado en clase, ¡con cinco años!», explica Lorena noqueada aún por la fractura social que ha reducido de forma progresiva su círculo de amistades. «Yo me llevo bien con mis compañeros de trabajo pero el grupo de amigos se ha roto y otros nos hablan a la fuerza. Las relaciones se han enturbiado, son falsas. El otro día me preguntaron qué opinaba de los detenidos por los CDR. Mi respuesta fue: yo no opino nada que luego todo se sabe». Trabaja en un supermercado y vive…
Via: «Ya no merece la pena vivir aquí. Es irrespirable»
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