En una exaltación de la vida patética, a la hora que empezaba la final de Lyon me puse a la cola para subirme a un tren que me llevaría a Barcelona. No me extrañó nada esa idiotez. La final de la Champions de Lisboa ya me había sorprendido en Austria haciendo un reportaje sobre unos jóvenes malagueños —y unos publicistas— que habían viajado en secreto a Viena para dar una sorpresa a un amigo emigrado, y para el que recrearon, en mitad del barrio griego, el chiringuito Los cuñao de Málaga. Lo sé: alucinante. A duras penas conseguí ver la final, que ya sabemos cómo acabó, y que a veces creo que aún se está jugando. Eso sí, con aquel reportaje me embolsé 50 frioleros euros de los de antes. Como El tercer hombre es una de mis películas favoritas, y transcurre en Viena, cuando pienso en aquel día deplorable siempre recuerdo a un personaje de la peli que en un momento dado dice: “No tengo ánimos para reírme dos veces”.Seguir leyendo.
Via: Goles en el tren

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