El camino y las escaleras que conducían al asiento de Pedro Sánchez debieron parecerle el Gólgota a Mariano Rajoy. No podía sustraerse al trance de la felicitación. Y recorrió el trayecto parlamentario con la agilidad de atleta crepuscular que imprime cada mañana a los ejercicios de tonificación. Sánchez lo esperaba de pie. Y remarcaba la distancia jerárquica en el saludo. Se dieron la mano con la frialdad patibularia de la víctima y del verdugo. Rajoy deseaba suerte al heredero mientras buscaba la escapatoria y se ruborizaba. No sólo dejaba de ser presidente del Gobierno. Entregaba la espada al mayor adversario y a la persona que acaso más detesta. Aquel niñato que lo llamó indecente en televisión y que renegó de su investidura —no es no—. Y que regresó a la escena del crimen esta vez para cobrarse el alma del político inmortal.Seguir leyendo.
Via: Rajoy o quién mató a Don Tancredo

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