«Fiat justitia et pereat mundus» («Que se haga justicia, aunque perezca el mundo»), era el lema personal de Fernando de Habsburgo, hijo de Juana de Castilla y Felipe «el Hermoso». Un Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico que nació en Alcalá de Henares, fue educado a la española por su abuelo y, por circunstancias familiares, acabó de Archiduque de Austria. Su hermano Carlos V, que finalmente heredó la Monarquía Hispánica, consideró oportuno alejarle de España y de los muchos apoyos que tenía entre la nobleza castellana. Y es que, incluso entre hermanos de sangre real, la candidez es un lujo que nadie quiere permitirse. A pesar de la mala relación de Felipe «el Hermoso» –padre de Fernando– con los Reyes Católicos, el Duque de Borgoña y su mujer Juana viajaron a España el 26 de enero de 1502 para ser presentados como Príncipes de Asturias y herederos al trono de Aragón. Una vez conseguido su propósito de asegurarse la herencia de los Reyes Católicos, Felipe anunció que quería regresar a sus posesiones norteñas cuanto antes, y el 19 de diciembre de ese mismo año abandonó la corte de los Reyes Católicos. Atrás dejaba a su esposa, la Princesa Juana, que se quedó junto a sus padres debido a que se encontraba embarazada del que sería su cuarto hijo: Fernando de Habsburgo. Un niño casi huérfano Nacido en el palacio arzobispal de Alcalá de Henares el 10 de marzo de 1503, la criatura recibió el nombre de Fernando en honor a su abuelo materno, Fernando «el Católico», quien se implicó personalmente en su educación. No en vano, los primeros años de su vida estuvieron marcados por los fallecimientos de su abuela Isabel en 1504 y de su padre en 1506. Además, tras el parto su madre Juana insistió en regresar a Bruselas, donde estaba su marido y sus tres hijos mayores, dejando al bebé en manos de sus abuelos. La muerte de Isabel «la Católica» obligó a la familia de Felipe I a volver un año y medio después de la marcha de Juana. El testamento de la Reina de Castilla, que desheredaba a su hija por su abrupta salida, dejaba muestras de las simpatías por su nieto Fernando concediéndole varias rentas en las mandas testamentarias, acordes a un Infante de Castilla, y otorgándole una casa propia. Fue en ese tiempo cuando conoció a su padre, con tres años de edad, y vivió en su compañía hasta su inesperada muerte. El Rey escribió un testamento secreto en 1512 otorgando a Fernando de Habsburgo el gobierno de los reinos y los maestrazgos hispánicos hasta la llegada del nuevo Monarca Fernando «el Católico» volvió a hacerse cargo de la tutela de su nieto favorito. No obstante, el mismo día del fallecimiento de su padre, dos de los consejeros del futuro Carlos V –que todavía era un niño pero estaba bajo la influencia de su abuelo el Emperador Maximiliano I– intentaron secuestrar a Fernando en su residencia de Simancas (Valladolid), posiblemente para llevarlo fuera de España. Tras frustrar el secuestro, el monarca aragonés se implicó aún más en la educación del niño y trató de transmitirle sus conocimientos sobre el arte de gobernar. A mediados de 1508, el abuelo y el nieto compartieron un viaje por Andalucía, donde dejaron muestras públicas de la complicidad entre ambos. Por todas estas razones, el Rey escribió un testamento secreto en 1512 otorgando a Fernando de Habsburgo el gobierno de los reinos y los maestrazgos hispánicos hasta la llegada del nuevo Rey el futuro Carlos I de España. Pero, temiendo que estas concesiones pudieran enfrentar a los dos hermanos, el Rey pactó poco después con Adriano de Utrecht –el mentor de Carlos– la salida de su nieto favorito de España una vez él hubiera fallecido. Adriano de Utrecht «El Rey don Carlos era aborrecido de muchos, y el Infante su hermano, amado de todos, al cual tenían por Príncipe natural y a su hermano por Rey extranjero», escribió el cronista Alonso de Santa Cruz como resumen del clima político a la muerte de Fernando «el Católico». La figura de Fernando, de 14 años, se vislumbró a la llegada de Carlos a España como un arma arrojadiza que ciertos sectores de la nobleza castellana planeaban usar contra él. No como un auténtico enemigo, solo un instrumento en malas manos. Por eso advirtió por carta a su hermano pequeño del peligro de «aquellos malos servidores» que «hablaban palabras feas y malas en desacuerdo y perjuicio de mi persona». Cuando estaba a punto de entrar por primera vez en Valladolid, Carlos se desvió una vez más para, en esta ocasión, reunirse con su hermano en Mojados. Duelo entre hermanos El Infante hizo acto de presencia con un fuerte contingente de soldados y acompañado de un nutrido grupo de nobles. Pero lo que pareció por un instante un desafío a la autoridad de su hermano, un regreso a los turbulentos tiempos de Pedro «El Cruel» y Enrique «El Fratricida», se evaporó cuando Fernando descabalgó e hizo reverencias al Rey. Carlos replicó el gesto con la misma fraternidad y, días después, le entregó el collar de la Orden del Toisón de Oro como señal de que no iba a escatimar en mercedes hacia su hermano. El rival se había transformado en aliado sin que corriera una gota de sangre. Más allá de los gestos, Maximiliano I, abuelo de ambos, recomendó que lo más seguro era sacar del país a Fernando. En términos cinematográficos, los hermanos se dijeron tú a Bruselas y yo a Valladolid. El español al norte; el flamenco al sur. Fernando abandonó el país en 1518, entre una multitud de quejas. Porque Irlanda, como con la Grande y Felicísima Armada de Felipe II, se esfuerza por no olvidar la huella española de su historia. Los nobles castellanos observaron con indignación cómo el segundo en la línea sucesoria en ese momento partía a cientos de kilómetros de distancia y, previa parada en Irlanda, se instalaba en Bruselas. Y precisamente este sábado 9…
Via: Fernando I de Habsburgo: el Emperador alemán que nació en Alcalá de Henares y ahora homenajea Irlanda

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