Rubén tiene 42 años y es aprendiz de masón. Por eso, esta noche su papel consistirá en escuchar, hablar poco y servir la mesa a sus hermanos de la logia Phoenix durante el ágape. Hijo de taxista y ama de casa, soltero, sin pareja, gestiona pequeños negocios familiares. Hace tres meses, emprendió el viaje iniciático en uno de los dos templos que albergan los sótanos de la Gran Logia de España. Su sede ocupa la planta baja de un inmueble madrileño a un corto paseo del estadio Santiago Bernabéu. Protegida por un portón de seguridad, solo dos columnas a cada lado de la entrada y las iniciales de la institución grabadas en piedra —“G. L. E.”—, bajo la figura de una escuadra y un compás entrelazados, apuntan desde la calle lo que oculta su interior. Dos noches al mes, este espacio queda reservado a los integrantes de la logia Phoenix, una de las 19 que hay en Madrid. Hacia las ocho de la tarde de un martes casi veraniego, Rubén y sus hermanos descienden las escaleras de camino al templo. Todos son hombres. Visten de riguroso luto como marca la etiqueta del cónclave, llamado tenida en su jerga. Camisa blanca con corbata y traje oscuros. Estrechan sus manos cubiertas con guantes blancos, subrayando con gestos sus estatus de aprendiz, compañero o maestro, grados fundamentales de la masonería. Mientras anudan los mandiles a la cintura, repiten la misma broma al profano intruso. “¿También vienes al entierro?”.Seguir leyendo.
Via: Masones: la hermandad del misterio
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