Es difícil realizar un paseo tan estremecedor por el lado más oscuro de la historia. Ahí están la cabeza de Lucio Postumio Albino descarnada por los celtas boyos y recubierta de oro (en plan dothraki) para usarla de vaso en las libaciones; la del rey Ladislao, caído en la batalla de Varna contra los turcos, paseada en el extremo de una pica, todavía con su corona de plata, por orden del sultán Murad II; la de María Estuardo, que tanto costó separar del cuerpo (¡tres hachazos!, ¡zas, zas, zas!); la de Gordon Pacha (“sus ojos azules estaban abiertos y la boca tenía una expresión casi natural”, explicaba Rudolf Slatin, que la vio) presentada ante el Mahdi tras la muerte a lanzazos del general en Jartum; la del soldado japonés que adornaba (con casco y todo) un tanque en Guadalcanal, las de las víctimas de los cárteles de la droga mexicanos y colombianos, las de los periodistas Foley y Sodoff asesinados por el verdugo del Daesh, Jihadi John…Seguir leyendo.
Via: Decapita que algo queda

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