La luz entra del norte. «Es la mejor luz», decía. Para dibujar, se entiende. La que mejor aprovecha la trayectoria del sol. En realidad, lo primero que se ve al entrar en el estudio (él nunca lo llamaba despacho, eso es cosa de notarios) es la enciclopedia Espasa, con su paredón de lomos negros que encierra esa clase de conocimiento que se deja encuadernar y que cambia con el tiempo. Como primer muro que salvar. El estudio de Mingote se mantiene más o menos como estaba y es un templo a la prudencia. A la del juicio y a otras. Todo en él habla de quién era y muy poco de lo que creía, Mingote era uno de esos hombres que aún no habían sustituido las ideas por las doctrinas, se lamentaba -como presumiendo- de que podía convencérsele de cualquier cosa. A Mingote no le molestaba lo que pensara nadie, por si tenía razón, ni siquiera si lo dejaba por escrito; le daba coraje, eso sí, una mala encuadernación. Probaba cada libro que compraba, lo abría bien, boca abajo, lo agarraba por las tapas, lo sacudía. Lo sometía a las pruebas que McLaren impone a sus coches. Luego llenaba las páginas de notas, con esa letra inconfundible que tenía, tan dibujada como escrita, la misma que destinaba a los monos, pues así llamaba a sus dibujos. Sabía ser elogioso: «Tengo la impresión de que es una fantástica y crudelísima burla de la literatura escrita por un literario eminente…», anotaba al final de En casa del profeta, de Thomas Mann. «Y al final lo que cuenta es evidente (…); el deseo, el sexo. Pero si da lugar, además, a páginas como esta, el sexo, ya de por sí respetable, se magnifica y enaltece. O sea, bien». Pensaba en privado como lo haría en público, con la cautela que impone la inteligencia verdadera: «El traductor del cuento no ha hecho el mejor trabajo (…), y si al exotismo se le añade el trabucamiento (…), la lectura es poco satisfactoria. Mejor en inglés. Supongo». Acaso ese supongo resuma su pensamiento, poco dado a las certezas, y menos a la persuasión. Aunque sólo fuera para evitarse el aburrimiento. Una mala encuadernación sacaba lo peor de él, que era bastante bueno: «Observe el lector», acotaba en una de esas hojas blancas que los editores parecen reservar a los arrebatos, «la asquerosa encuadernación de esto que podría ser un libro y sólo es un montón de hojas impresas entre dos cartones. Parece mentira, hombre». Hasta ahí llegaban sus enfados. No muy lejos. El estudio de Mingote es un lugar ordenado, dentro del desorden. Y al revés. Bajo el cristal que añade peso a la mesa descansan aplastadas una y mil fotos, dibujos, diagramas, textos, que no respetan en su disposición los ángulos rectos, como si hubieran caído del cielo y el cristal los hubiera congelado en el tiempo. Allí lo mismo cabe Louis Armstrong, con sus mofletes de negro, que una tabla de bastidores con medidas internacionales, o unas muestras de color en acuarela con su número de catálogo; lo mismo los teléfonos importantes que algún artículo recortado, o Tono con un paraguas, en blanco y negro, bajo un posavasos con la Venus del espejo tocada con el rostro de Sophia Loren. Cosas importantes, nada más. Un pisapapeles de cristal del centenario de Jardiel. Otro exactamente igual que el primero. Frente a la mesa, un escritorio inglés de madera clara, hasta arriba y hasta abajo de cajones, como de contable de Dickens, que compró en Portobello una vez y le dio problemas en la aduana, como todo lo que se declara poco. Botes de pinceles, botes con estilográficas; una calculadora, un fax antiguo (¿los hay nuevos?); sellos de sellar y de los otros; una foto de Billy Wilder con su sonrisa de cínico, que es también la de romántico; un billete de cinco mil pesetas firmado por el que sale en la foto; alguna lámpara, un flexo. Una caja de dos pisos de lápices de colores, de Faber Castel, con mil rojos y mil verdes; con mil colores distintos, aunque nunca todos: «Me falta un azul», se quejaba. Pues entre el cobalto y el índigo y el Klein y el cian y el Prusia siempre queda un azul por comprar que los demás no vemos. Y un millón de libros (tirando un poco por lo alto), desde una antología de Mihura al Estatuto de Cataluña, o Le mythe de la transition pacifique de Sophie Baby. De Todos vosotros, de Manuel Hidalgo, a Mujeres fantásticas, de Luis Gasca, o La era de la razón (que también el XVIII tiene en el estudio asiento). O El libro de las hojas muertas. O La sonrisa de Eros. Y diccionarios, claro, el de su Academia, a la que iba todos los jueves, y el otro, el de la Moliner. Y los otros. Y su ABC, encuadernado, desde no sé cuándo hasta no sé cuándo. Y El porqué de los dichos. Y España en la encrucijada. Y dieciocho años de poesía -del 79 al 96- de Luis Alberto de Cuenca. Y una estantería o dos para los dibujantes amigos: Chumy, El Roto, Martinmorales… Y otra -más bien a trasmano- para sus propios libros, que buscan la sombra medio apilados. Como con sonrojo. Y, claro, las greguerías, que por eso hablaba Mingote de los tres Ramones, para él Gómez de la Serna (el único sin apellidos), Valle, el del brazo perdido, y (no lo toques ya más) Jiménez, con jota. Que así era Jiménez. Paredes y paredes, cinco (por un recodo que una vez quiso ser baño), tapizadas de volúmenes que apenas dejan espacio para un par de butacas verdes y un sofá gastado. Y una mesa baja de cristal, también infestada de letras. Y una silla alta, altísima, de madera, como para visitantes ilustres (en realidad, una escalera para alcanzar los estantes altos). Y otra de metal y cuero de Le Corbusier, sobre la que advertía al visitante: «Tú sabrás si…
Via: 100 años de Mingote: donde bailan los monos

Categories: Spanish News