El pescador aún lleva su mono verde y sus botas blancas. Los brazos caen rígidos sobre la tabla. A sus pies y a su izquierda hay dos bultos pequeños envueltos en coloridas telas africanas. Son dos bebés que no han superado este día, igual que él tampoco ha vuelto a casa tras faenar en el mar. Hasta este minúsculo cuarto llega el olor fétido proveniente de la sala de enfrente, donde una precaria cámara frigorífica funciona a medio gas. Un operario urge al médico que firme los certificados de defunción para desalojar la habitación y dejar espacio a los nuevos cadáveres.Seguir leyendo.
Via: Pocos forenses para tanto cadáver
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