El debate electoral quizá más importante celebrado hasta ahora arroja una victoria provisional para el bloque de la derecha. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, era el líder que más arriesgaba por la ventaja política que le atribuyen las encuestas y ya desde su primera intervención ha aflorado un cierto nerviosismo y un mayor encorsetamiento que le dejaron sin capacidad de reacción frente a los previsibles ataques de sus adversarios. Tan centrado ha estado Sánchez en evitar un error que pudiera dar la vuelta a las encuestas que no ha atinado ni siquiera a contestar el golpe más doloroso que le lanzó su socio de gobierno, Pablo Iglesias. «Diga que si no es por los de Podemos no hubieran subido el salario mínimo», le ha apretado el líder morado. En lugar de responder, el presidente ha tirado de monólogo aprendido y ha replicado con promesas sobre la economía verde. Su oratoria aún ha quedado más en evidencia cuando ha empezado a leer, papel en mano, las medidas aprobadas por él mismo hace menos de tres meses en los denominados viernes sociales. Muchas más fueron las medallas que se ha colocado por las decisiones adoptadas en estos diez meses de gobierno que en las propuestas que piensa llevar a cabo si logra formar gobierno después del 28 de abril. Una torpeza de libro ya que si en algo coincidieron sus tres contricantes fue en soltar su cascada de promesas de actuación en todos y cada uno de los bloques. Solo cuando el debate empezaba a rozar el ecuador, el presidente pareció despertar pero para utilizar una estrategia faltona de interrupciones frecuentes a Casado y Rivera a los que ha acusado, una y otra vez, de mentir. Niega referéndum En este escenario, a los presidentes del PP, Pablo Casado, y Ciudadanos, Albert Rivera, les ha resultado fácil arrinconarle en la pregunta que todos sabríamos que le formularían. ¿Indultará o no a los líderes independentistas? El presidente ha intentado zafarse aludiendo a la falta de una sentencia firme pero esta estrategia mantuvo en el aire el perdón a los cabecillas del referéndum ilegal del 1 de octubre. En este bloque, Sánchez lo jugó todo a negar con ahínco cualquier consulta de independencia en Cataluña pero no ha logrado disipar la sombra de un pacto con el separatismo. Ha sido un flanco por el que le atacaron tanto Casado como Rivera desde el primer minuto. La ausencia de Vox le hizo, además, un flaco favor al presidente. El presidente del PP ha optado por un tono moderado que a ratos ha resultado incluso demasiado comedido y Sánchez ha tenido que esforzarse por introducir al partido de Santiago Abascal en el imaginario de los espectadores y alentar el miedo a la derecha. Ha sido de hecho, el único de los cuatro líderes, que ha hecho alusión al que fue el gran ausente del debate. Casado utilizando un tono institucional ha aprovechado la oportunidad de oro que le ha brindado el debate para presentarse como única alternativa creíble a la derecha. «En mis mítines no me preguntan con quien voy a pactar señor Rivera», atizó al presidente de Ciudadanos en alusión a su pacto con Sánchez tras las elecciones de 2015. El líder del PP, sin papeles una vez más, ha combinado esta imagen de único remedio contra Sánchez y ha logrado colocar al espectador su retahíla de promesas electorales: incluyendo la mayor reforma fiscal jamás realizada para aliviar los bolsillos de las familias al tiempo que crear riqueza y empleo. Su plan ha sonado como el más completo frente a un Rivera que aunque ha ganado a sus contrincantes en viveza y dureza ha centrado sus mensajes en los autónomos y medidas para las familias. Sánchez arrinconado Rivera ha sido el más combativo de los cuatro líderes y ha aunado críticas tanto a Sánchez como a Casado, con el mismo nivel de fiereza. Tanto que hasta el presidente del PP ha acabado advirtiéndole de que sus electores no entenderían esa hostilidad. Como un verso libre ha quedado Pablo Iglesias, centrando el mensaje en los electores que le apoyaron en 2016. A ellos les ha pedido un voto para cambiar las cosas en el Gobierno durante cuatro años con la promesa de no volver a pedirlo si no logra cambiar las cosas. Ha logrado arrinconar también a Sánchez. En su caso, apretando con un posible pacto entre PSOE y Ciudadanos si dan los números tras las elecciones. Ha enarbolado el miedo a una intervención del todopoderoso Ibex 35 para convencer a los votantes de la izquierda que solo el voto a Podemos asegurará un gobierno que adopte medidas sociales. Y Sánchez no solo no ha negado esta posibilidad sino que dejó ver su rencor con Rivera por trazarle lo que definió como «un cordón sanitario al PSOE». El minuto de silencio no alteró el balance durante los 90 minutos previso, Sánchez volvió a quedar encorsetado y Rivera fue el más audaz utilizando el silencio del plató como metáfora de las complicidades de Sánchez y el separatismo.
Via: Sánchez mantiene vivo el indulto a los presos secesionistas
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