{"id":139970,"date":"2020-04-12T12:53:50","date_gmt":"2020-04-12T10:53:50","guid":{"rendered":"https:\/\/theworldwidejournal.com\/2020\/04\/12\/la-condesa-de-miraflores\/"},"modified":"2020-04-12T12:53:50","modified_gmt":"2020-04-12T10:53:50","slug":"la-condesa-de-miraflores","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/theworldwidejournal.com\/?p=139970","title":{"rendered":"La condesa de Miraflores"},"content":{"rendered":"<p>Dorita Lerner ha cumplido ochenta a\u00f1os. No ha podido celebrarlos como hubiera querido. Le hac\u00eda ilusi\u00f3n dar una fiesta en su casona de Miraflores. Por culpa del coronavirus, ha pasado su cumplea\u00f1os encerrada en su casa, sin poder salir, sin poder visitar la iglesia tan siquiera. Si recibiera, en su acogedora residencia, a sus hijos y nietos, a sus hermanos y sobrinos, estar\u00eda violando la ley. El d\u00eda en que Dorita ha cumplido ochenta a\u00f1os, Jueves Santo, el Gobierno ha endurecido la cuarentena y prohibido a la gente salir de su casa. Hasta las farmacias y los supermercados han cerrado. Si Dorita caminase tres cuadras a la iglesia m\u00e1s cercana, podr\u00eda ser detenida, arrestada, encarcelada. Si diese una fiesta clandestina, seguramente ser\u00eda denunciada por sus vecinos y la Polic\u00eda no tardar\u00eda en llegar. As\u00ed las cosas, Dorita, como buena ciudadana, ha comprendido, sin quejarse, porque ella nunca se queja de nada, que deber\u00e1 recibir sus ochenta a\u00f1os en la confortable soledad de su casa, apenas acompa\u00f1ada por su asistenta m\u00e1s leal, Milagros, que duerme en una habitaci\u00f3n contigua a la suya. De ni\u00f1a, Dorita Lerner era la alumna m\u00e1s aventajada de su promoci\u00f3n en el colegio de monjas, la primera de la clase, la que mejor hablaba en ingl\u00e9s, la que no faltaba un solo d\u00eda del a\u00f1o. Ganaba premios, medallas, diplomas. Era muy popular, muy querida. Pero, sobre todo, era la ni\u00f1a m\u00e1s p\u00eda de la clase, de la promoci\u00f3n, del colegio. Nadie rezaba con tanta devoci\u00f3n como ella. A veces se emocionaba tanto rezando el padrenuestro, el rosario, el \u00e1ngelus, que romp\u00eda a llorar, temblorosa, y se hincaba de rodillas, y ped\u00eda perd\u00f3n a la Divina Providencia por lo est\u00fapidos, ruines y malvados que \u00e9ramos los humanos. Tal vez porque sent\u00eda que el Alt\u00edsimo la proteg\u00eda, Dorita Lerner no le ten\u00eda miedo a nada. Era p\u00eda y valiente, devota y arrojada. Adem\u00e1s de ser bella, muy bella, un aura de luminosa bondad la nimbaba y parec\u00eda guiar sus pasos. En su adolescencia, se entreg\u00f3 a dos pasiones, sin perjuicio de cultivar la fe religiosa: correr olas en colchoneta en las playas m\u00e1s bravas y montar a caballo en competencias de saltos ecuestres. Como su padre era un hacendado rico, Dorita pod\u00eda darse el lujo de correr olas y montar a caballo todos los d\u00edas, despu\u00e9s del colegio, y especialmente durante las vacaciones escolares del verano. Su playa preferida era La Herradura. Ni siquiera los ba\u00f1istas m\u00e1s intr\u00e9pidos de aquella playa mesocr\u00e1tica ten\u00edan el coraje de meterse tan mar adentro como Dorita, que sobrepasaba la rompiente y buscaba las olas ch\u00facaras para bajarlas sonriendo, en colchoneta. Los muchachos, todos de familias m\u00e1s o menos pudientes, la quer\u00edan, la admiraban, y algunos viv\u00edan enamorados de ella. Dorita era la jovencita que no le ten\u00eda miedo a nada y ellos la respetaban por eso. Tampoco ten\u00eda miedo, qu\u00e9 ocurrencia, a los saltos ecuestres. Ya a los trece a\u00f1os, descollaba como una amazona gr\u00e1cil, osada, corajuda. Montando a horcajadas sobre uno de sus caballos, parec\u00eda que volaba, o que ella y el caballo eran un solo cuerpo viviente, perfectamente amalgamado. Era una campeona natural. Ganaba competencias locales, nacionales, sudamericanas. Su mundo, sus amores, eran la religi\u00f3n, el mar y los caballos. No ten\u00eda tiempo para los muchachos, los primeros juegos del amor. Hasta que conoci\u00f3 a James Barclays, el gran amor de su vida. Dorita volv\u00eda a casa, despu\u00e9s de clases, en el \u00f3mnibus del colegio de monjas, cuando advirti\u00f3, junto con sus amigas, que un muchacho fornido las persegu\u00eda en una moto ruidosa, haciendo piruetas y aspavientos. De pronto el joven perdi\u00f3 el control y cay\u00f3 al pavimento. Dorita grit\u00f3, asustada, y le pidi\u00f3 al chofer que se detuviese. Enseguida baj\u00f3 del bus a toda prisa, corri\u00f3 donde el joven accidentado, se arrodill\u00f3, lo tom\u00f3 suavemente de la cabeza y, al tiempo que rezaba, lo ayud\u00f3 a recuperar el conocimiento. Cuando James Barclays abri\u00f3 los ojos y vio a esa jovencita bell\u00edsima, una luz bienhechora, una fuerza sobrenatural, socorri\u00e9ndolo, auxili\u00e1ndolo, rezando por \u00e9l, se enamor\u00f3 de ella hasta el fin de los tiempos, como si un rayo pre\u00f1ado de buenos augurios le hubiese ca\u00eddo providencialmente en la cabeza, y ya nunca pudo dejar de amarla. Se casaron muy j\u00f3venes: James ten\u00eda veinticinco a\u00f1os y Dorita veinte. Pasaron la luna de miel en Buenos Aires y Bariloche, en el m\u00edtico hotel Llao Llao, y luego prosiguieron aquellos d\u00edas tan felices, celebrando el amor, en la hacienda de los padres de Dorita, donde ella montaba a caballo todos los d\u00edas, recorriendo los campos de manzanos, naranjos y mandarinos, acompa\u00f1ada de su esposo James, que, como ella, amaba la vida en el campo. No tardaron en tener hijos. Ambos eran muy religiosos, de misa diaria, y pensaban que deb\u00edan recibir todos los hijos que el Supremo Hacedor, en su infinita sabidur\u00eda, les concediese. Tuvieron diez hijos: dos mujeres y ocho hombres. Por si fuera poco, Dorita Lerner perdi\u00f3 dos embarazos. Todos en sus familias asist\u00edan, maravillados, perplejos, asustados, a la incesante llegada de beb\u00e9s Barclays Lerner: en sus primeros veinte a\u00f1os de casada, Dorita, sin quejarse, disfrut\u00e1ndolo, tuvo doce embarazos, de los que nacieron con vida diez beb\u00e9s. Era su destino, dec\u00eda Dorita, y ella lo aceptaba con profunda gratitud religiosa, siempre dispuesta a un sacrificio m\u00e1s, en aras de honrar a Dios y cumplir su misi\u00f3n de esposa y madre abnegada. Por fortuna viv\u00edan en una casa muy grande, de diez mil metros cuadrados, en los suburbios. Adem\u00e1s, dispon\u00edan de un numeroso personal dom\u00e9stico que ayudaba a Dorita en el cuidado de sus hijos y de la casona: nanas, cocineras, limpiadoras, lavadoras, jardineros, choferes, un regimiento de empleados a los que, con su profunda bondad y su inquebrantable devoci\u00f3n religiosa, Dorita se encargaba de bautizar, confirmar, casar por la religi\u00f3n y poner al d\u00eda en las cosas de la fe. La gran pasi\u00f3n de James Barclays eran las armas de fuego. Pose\u00eda un arsenal en su casa en el campo. Cada cierto tiempo,&hellip;<br \/>\nVia: <a href=\"https:\/\/www.abc.es\/cultura\/abci-condesa-miraflores-relato-dominical-jaime-bayly-202004121253_noticia.html\" target=\"_blank\">La condesa de Miraflores<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Dorita Lerner ha cumplido ochenta a\u00f1os. No ha podido celebrarlos como hubiera querido. Le hac\u00eda ilusi\u00f3n dar una fiesta en su casona de Miraflores. Por culpa del coronavirus, ha pasado su cumplea\u00f1os encerrada en su casa, sin poder salir, sin poder visitar la iglesia tan siquiera. 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