{"id":76208,"date":"2019-01-17T01:17:18","date_gmt":"2019-01-17T00:17:18","guid":{"rendered":"https:\/\/theworldwidejournal.com\/2019\/01\/17\/100-anos-de-mingote-donde-bailan-los-monos\/"},"modified":"2019-01-17T01:17:18","modified_gmt":"2019-01-17T00:17:18","slug":"100-anos-de-mingote-donde-bailan-los-monos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/theworldwidejournal.com\/?p=76208","title":{"rendered":"100 a\u00f1os de Mingote: donde bailan los monos"},"content":{"rendered":"<p>La luz entra del norte. \u00abEs la mejor luz\u00bb, dec\u00eda. Para dibujar, se entiende. La que mejor aprovecha la trayectoria del sol. En realidad, lo primero que se ve al entrar en el estudio (\u00e9l nunca lo llamaba despacho, eso es cosa de notarios) es la enciclopedia Espasa, con su pared\u00f3n de lomos negros que encierra esa clase de conocimiento que se deja encuadernar y que cambia con el tiempo. Como primer muro que salvar. El estudio de Mingote se mantiene m\u00e1s o menos como estaba y es un templo a la prudencia. A la del juicio y a otras. Todo en \u00e9l habla de qui\u00e9n era y muy poco de lo que cre\u00eda, Mingote era uno de esos hombres que a\u00fan no hab\u00edan sustituido las ideas por las doctrinas, se lamentaba -como presumiendo- de que pod\u00eda convenc\u00e9rsele de cualquier cosa. A Mingote no le molestaba lo que pensara nadie, por si ten\u00eda raz\u00f3n, ni siquiera si lo dejaba por escrito; le daba coraje, eso s\u00ed, una mala encuadernaci\u00f3n. Probaba cada libro que compraba, lo abr\u00eda bien, boca abajo, lo agarraba por las tapas, lo sacud\u00eda. Lo somet\u00eda a las pruebas que McLaren impone a sus coches. Luego llenaba las p\u00e1ginas de notas, con esa letra inconfundible que ten\u00eda, tan dibujada como escrita, la misma que destinaba a los monos, pues as\u00ed llamaba a sus dibujos. Sab\u00eda ser elogioso: \u00abTengo la impresi\u00f3n de que es una fant\u00e1stica y crudel\u00edsima burla de la literatura escrita por un literario eminente\u2026\u00bb, anotaba al final de En casa del profeta, de Thomas Mann. \u00abY al final lo que cuenta es evidente (\u2026); el deseo, el sexo. Pero si da lugar, adem\u00e1s, a p\u00e1ginas como esta, el sexo, ya de por s\u00ed respetable, se magnifica y enaltece. O sea, bien\u00bb. Pensaba en privado como lo har\u00eda en p\u00fablico, con la cautela que impone la inteligencia verdadera: \u00abEl traductor del cuento no ha hecho el mejor trabajo (\u2026), y si al exotismo se le a\u00f1ade el trabucamiento (\u2026), la lectura es poco satisfactoria. Mejor en ingl\u00e9s. Supongo\u00bb. Acaso ese supongo resuma su pensamiento, poco dado a las certezas, y menos a la persuasi\u00f3n. Aunque s\u00f3lo fuera para evitarse el aburrimiento. Una mala encuadernaci\u00f3n sacaba lo peor de \u00e9l, que era bastante bueno: \u00abObserve el lector\u00bb, acotaba en una de esas hojas blancas que los editores parecen reservar a los arrebatos, \u00abla asquerosa encuadernaci\u00f3n de esto que podr\u00eda ser un libro y s\u00f3lo es un mont\u00f3n de hojas impresas entre dos cartones. Parece mentira, hombre\u00bb. Hasta ah\u00ed llegaban sus enfados. No muy lejos. El estudio de Mingote es un lugar ordenado, dentro del desorden. Y al rev\u00e9s. Bajo el cristal que a\u00f1ade peso a la mesa descansan aplastadas una y mil fotos, dibujos, diagramas, textos, que no respetan en su disposici\u00f3n los \u00e1ngulos rectos, como si hubieran ca\u00eddo del cielo y el cristal los hubiera congelado en el tiempo. All\u00ed lo mismo cabe Louis Armstrong, con sus mofletes de negro, que una tabla de bastidores con medidas internacionales, o unas muestras de color en acuarela con su n\u00famero de cat\u00e1logo; lo mismo los tel\u00e9fonos importantes que alg\u00fan art\u00edculo recortado, o Tono con un paraguas, en blanco y negro, bajo un posavasos con la Venus del espejo tocada con el rostro de Sophia Loren. Cosas importantes, nada m\u00e1s. Un pisapapeles de cristal del centenario de Jardiel. Otro exactamente igual que el primero. Frente a la mesa, un escritorio ingl\u00e9s de madera clara, hasta arriba y hasta abajo de cajones, como de contable de Dickens, que compr\u00f3 en Portobello una vez y le dio problemas en la aduana, como todo lo que se declara poco. Botes de pinceles, botes con estilogr\u00e1ficas; una calculadora, un fax antiguo (\u00bflos hay nuevos?); sellos de sellar y de los otros; una foto de Billy Wilder con su sonrisa de c\u00ednico, que es tambi\u00e9n la de rom\u00e1ntico; un billete de cinco mil pesetas firmado por el que sale en la foto; alguna l\u00e1mpara, un flexo. Una caja de dos pisos de l\u00e1pices de colores, de Faber Castel, con mil rojos y mil verdes; con mil colores distintos, aunque nunca todos: \u00abMe falta un azul\u00bb, se quejaba. Pues entre el cobalto y el \u00edndigo y el Klein y el cian y el Prusia siempre queda un azul por comprar que los dem\u00e1s no vemos. Y un mill\u00f3n de libros (tirando un poco por lo alto), desde una antolog\u00eda de Mihura al Estatuto de Catalu\u00f1a, o Le mythe de la transition pacifique de Sophie Baby. De Todos vosotros, de Manuel Hidalgo, a Mujeres fant\u00e1sticas, de Luis Gasca, o La era de la raz\u00f3n (que tambi\u00e9n el XVIII tiene en el estudio asiento). O El libro de las hojas muertas. O La sonrisa de Eros. Y diccionarios, claro, el de su Academia, a la que iba todos los jueves, y el otro, el de la Moliner. Y los otros. Y su ABC, encuadernado, desde no s\u00e9 cu\u00e1ndo hasta no s\u00e9 cu\u00e1ndo. Y El porqu\u00e9 de los dichos. Y Espa\u00f1a en la encrucijada. Y dieciocho a\u00f1os de poes\u00eda -del 79 al 96- de Luis Alberto de Cuenca. Y una estanter\u00eda o dos para los dibujantes amigos: Chumy, El Roto, Martinmorales\u2026 Y otra -m\u00e1s bien a trasmano- para sus propios libros, que buscan la sombra medio apilados. Como con sonrojo. Y, claro, las greguer\u00edas, que por eso hablaba Mingote de los tres Ramones, para \u00e9l G\u00f3mez de la Serna (el \u00fanico sin apellidos), Valle, el del brazo perdido, y (no lo toques ya m\u00e1s) Jim\u00e9nez, con jota. Que as\u00ed era Jim\u00e9nez. Paredes y paredes, cinco (por un recodo que una vez quiso ser ba\u00f1o), tapizadas de vol\u00famenes que apenas dejan espacio para un par de butacas verdes y un sof\u00e1 gastado. Y una mesa baja de cristal, tambi\u00e9n infestada de letras. Y una silla alta, alt\u00edsima, de madera, como para visitantes ilustres (en realidad, una escalera para alcanzar los estantes altos). Y otra de metal y cuero de Le Corbusier, sobre la que advert\u00eda al visitante: \u00abT\u00fa sabr\u00e1s si&hellip;<br \/>\nVia: <a href=\"https:\/\/www.abc.es\/cultura\/arte\/abci-100-anos-mingote-donde-bailan-monos-201901170117_noticia.html\" target=\"_blank\">100 a\u00f1os de Mingote: donde bailan los monos<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La luz entra del norte. \u00abEs la mejor luz\u00bb, dec\u00eda. Para dibujar, se entiende. La que mejor aprovecha la trayectoria del sol. 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